El técnico asturiano ha transformado al conjunto parisino en una máquina colectiva que ya apunta a una nueva era dominante en el continente

Luis Enrique, el mejor entrenador de la actualidad; foto: Eurosport.
Luis Enrique, el mejor entrenador de la actualidad; foto: Eurosport.

París, Francia – El Paris Saint-Germain ya no es un club de estrellas. Ahora es un equipo. Y probablemente el mejor del mundo. Eso es lo que tendrá delante el Arsenal FC de Mikel Arteta en la final de la Champions League del próximo 30 de mayo en Budapest.

Porque el PSG de Luis Enrique no solo gana. Domina, compite, presiona, defiende y castiga. Lo volvió a demostrar en Múnich, donde eliminó al FC Bayern Munich tras otra exhibición de personalidad para alcanzar su segunda final consecutiva de Champions y defender la corona conquistada hace apenas un año frente al FC Internazionale Milano.

En un Allianz Arena convertido en una caldera roja, el PSG golpeó casi desde el inicio. Khvicha Kvaratskhelia aceleró por banda y asistió a un implacable Ousmane Dembélé, que definió con violencia ante Manuel Neuer para dejar la eliminatoria prácticamente sentenciada desde el minuto tres. El tardío gol de Harry Kane apenas alteró el desenlace. El campeón europeo ya estaba otra vez en la final.

Pero más allá del resultado, lo realmente impactante es la dimensión colectiva que ha alcanzado el equipo parisino bajo el mando de Luis Enrique. El técnico español reconstruyó el club desde las cenizas de una era marcada por los egos de Lionel Messi, Neymar y Kylian Mbappé, figuras brillantes individualmente, pero incapaces de construir un verdadero bloque competitivo.

Luis Enrique rompió con todo eso. Quiso compromiso total o puerta de salida. Y el resultado es un equipo ferozmente competitivo donde el talento individual convive con una ética de trabajo brutal.

El gran símbolo de esa transformación es Marquinhos. El central brasileño sobrevivió a la revolución porque representa exactamente lo que busca el técnico asturiano: liderazgo silencioso, profesionalidad absoluta y fiabilidad competitiva. A su lado, Willian Pacho se ha convertido en una roca defensiva capaz de minimizar incluso a un delantero como Kane.

Por delante aparece un arsenal ofensivo difícil de contener. Dembélé vive probablemente el mejor momento de su carrera y ya es serio candidato al Balón de Oro. Kvaratskhelia desequilibra constantemente y el joven Désiré Doué simboliza el nuevo PSG: talento descomunal al servicio del colectivo.

Todo ello sostenido por una sala de máquinas excepcional formada por Vitinha, Fabián Ruiz y João Neves. El centro del campo parisino mezcla creatividad, control, presión y sacrificio defensivo con una naturalidad asombrosa. Precisamente Fabián fue clave en Múnich, iniciando la jugada del gol de Dembélé con un pase extraordinario antes de volver inmediatamente al trabajo defensivo que exige Luis Enrique.

El PSG ya no depende únicamente de la inspiración. Ahora también sabe sufrir. Lo demostró frente al Bayern y anteriormente ante el Liverpool FC, campeón inglés, al que eliminó mostrando una solidez defensiva que hace unos años parecía imposible imaginar en París.

La metamorfosis se resume perfectamente en una imagen: Dembélé celebrando una entrada defensiva con la misma pasión que un gol. Ese detalle refleja el cambio cultural que ha provocado Luis Enrique.

El reto para el Arsenal será gigantesco. El equipo de Arteta vuelve a una final de Champions veinte años después, pero enfrente tendrá un rival prácticamente sin puntos débiles. El exdefensa Stephen Warnock lo resumió con crudeza: “Es muy difícil encontrarle una debilidad a este PSG”.

Y esa es precisamente la misión del Arsenal en Budapest: encontrar la manera de derrotar al equipo que hoy parece gobernar Europa.

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