La escena activa de aficionados impone a sus candidatos en los órganos del club y abre un debate sobre gobernanza, reputación y límites de la influencia ultra

Frankfurt, Alemania – Cerca de 2.000 socios e invitados acudieron el lunes por la noche a la asamblea general anual del Eintracht Frankfurt, un encuentro que, más allá de lo formal, evidenció un cambio profundo en el equilibrio de poder interno del club. La escena activa de aficionados, fuertemente movilizada en los días previos, logró colocar a sus candidatos en los principales órganos: Consejo de Administración, comité electoral, revisores y consejo de honor.
Desde fuera, la imagen fue la de un giro tectónico. Especialmente visible en la elección del Consejo de Administración, donde los candidatos defendieron su perfil en discursos individuales y respondieron a preguntas antes de la votación. El caso más llamativo fue el de Carlos Gómez, CEO de un proveedor de servicios de pago y socio oficial del Eintracht, pero también colaborador de otros clubes de la Bundesliga. Para la escena ultra, su perfil suponía un conflicto de intereses —incluso estatutario— y fue sometido a un interrogatorio exhaustivo en la Jahrhunderthalle. Pese a proclamarse “aficionado total” y patrocinador del club, acabó último en la votación, dejando la sensación de una desacreditación cuidadosamente orquestada que podría marcar un precedente en futuras elecciones.
La lectura positiva
Entre los representantes de la escena activa destacaron perfiles que convencieron por preparación y solvencia. Es el caso de Mario Geiß (1991), del departamento de gimnasia y del entorno ultra: elocuente, bien formado y profesionalmente exitoso, recibió 1.263 votos y continuará en el Consejo de Administración. También sobresalió Benjamin von Loefen, vicepresidente y ultra, con experiencia directiva en una multinacional del sector fitness. Para muchos, es una fortuna que un club cuente con voluntarios que combinan pasión, ambición y comprensión económica.
La lectura crítica
La otra cara del debate es incómoda. En los últimos años, la reputación de la afición del Eintracht se ha resentido por incidentes, uso excesivo de pirotecnia y disturbios, eclipsando imágenes positivas como la histórica marea de 30.000 hinchas en Barcelona durante la Europa League 2022. La entrada de representantes vinculados a grupos violentos en los órganos del club plantea preguntas incómodas: ¿qué margen real tendrán en sus decisiones?, ¿cómo reaccionarán patrocinadores e inversores?, ¿qué ocurre si los ultras alcanzan el consejo de supervisión?
El CEO Axel Hellmann confía en que la cooperación con el consejo asesor de aficionados rebaje tensiones, pero persisten dudas sobre el límite de las sanciones internas ante futuros altercados. La presencia de Wolfgang Trollmann, relacionado con el entorno de hooligans de Brigade Nassau, en el Consejo de Administración ha generado inquietud, aunque desde el club se insiste en que hoy mantiene un perfil más moderado.
Preocupaciones comprensibles
Desde la grada, los ultras argumentan temores legítimos: el crecimiento de la Fußball AG podría conllevar riesgos económicos, y la alta rotación de la plantilla ha erosionado figuras de identificación. En ese contexto, aspirar a puestos de control se entiende como un intento de vigilar el rumbo del club.
El futuro inmediato del Eintracht queda abierto. La próxima asamblea, dentro de un año, promete tensión añadida: el presidente Mathias Beck buscará la reelección y deberá decidir si ofrece uno o más asientos a la escena activa en un consejo de supervisión de nueve miembros, cinco de ellos procedentes de la e.V. El pulso entre gobernanza y grada acaba de empezar.





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