El reencuentro entre el técnico y Lotito, marcado por el mercado bloqueado y las ventas de invierno, reabre una brecha que apunta a una ruptura definitiva en junio

Sarri sentado en el banquillo de la Lazio; foto: Ivan Romano.
Sarri sentado en el banquillo de la Lazio; foto: Ivan Romano.

Roma, Italia – Se querían. O al menos así parecía. Hace poco más de tres años, Maurizio Sarri llevó a la Lazio a un histórico segundo puesto en la Serie A, un logro que el club no alcanzaba desde hacía dos décadas y nunca bajo la presidencia de Claudio Lotito. Aquel éxito reforzó una relación que, sin grandes gestos públicos de amor, se sustentaba en una confianza mutua: el presidente estaba convencido de tener al mejor entrenador posible y Sarri creía haber encontrado el lugar ideal para seguir dejando huella.

Paradójicamente, ese fue el inicio del distanciamiento. Sarri entendió aquel subcampeonato como el punto de partida para construir una Lazio aún más ambiciosa. Esperaba un verano de fichajes de peso para dar el salto definitivo y competir por el Scudetto. Soñaba con nombres como Berardi, Zielinski o Frattesi, además de cubrir la salida de Milinkovic-Savic. La realidad fue otra: Castellanos, Isaksen, Guendouzi y Kamada llegaron a Roma. Refuerzos útiles, pero lejos del perfil que el técnico deseaba.

Ahí nació la primera fractura. Los sueños del entrenador chocaron con la realidad económica del club, obligado a priorizar el equilibrio presupuestario ante la imposibilidad de realizar grandes ventas. La temporada siguiente estuvo marcada por altibajos, ruido interno y un mercado invernal que no corrigió los problemas del verano. En marzo, en medio también de dificultades personales, Sarri dimitió, renunciando a un año de contrato. Parecía el final de una historia intensa, pero desgastada.

Sin embargo, como suele ocurrir en el fútbol, “ciertos amores nunca terminan”. Tras un año sabático de Sarri y una temporada irregular de la Lazio con Baroni en el banquillo, el pasado mes de mayo llegó el inesperado reencuentro. El técnico regresó con declaraciones de amor incondicionales y Lotito celebró la vuelta del Comandante. Pero el idilio duró poco.

Antes incluso de arrancar la temporada, la Lazio anunció que tenía el mercado bloqueado, una situación que el club conocía —aunque no lo comunicó abiertamente— cuando Sarri firmó su nuevo contrato por tres años. El técnico decidió seguir adelante pese a las dudas, confiando en que el mercado de invierno permitiría corregir el rumbo. En el campo, el equipo respondió con cierta dignidad: sin alardes, pero con Europa aún al alcance.

El invierno, sin embargo, trajo el gran enfriamiento. Lejos de llegar refuerzos clave, la Lazio abrió el mercado con las ventas de Castellanos y Guendouzi, siguió con la de Mandas y vivió el caso Romagnoli, cuya salida al Al Sadd se frustró cuando parecía cerrada. A cambio, llegaron Ratkov y Taylor, dos apuestas de futuro por descubrir.

La tensión estalló públicamente. “Aquí mando yo, el mercado lo hace el club”, sentenció Lotito. “Entrenaré a los jugadores que me pongan a disposición”, respondió Sarri. La misma dicotomía de 2023 reapareció con más crudeza: el deseo del entrenador de reforzar el equipo frente a la necesidad del club de cuadrar cuentas.

El desenlace parece escrito. Sarri ha reiterado que cumplirá hasta final de temporada, y en la Lazio nadie espera movimientos antes de junio. Pero la convivencia es ya meramente formal. Lotito y Sarri seguirán bajo el mismo techo unos meses más, separados en casa, a la espera de un divorcio que, esta vez sí, apunta a ser definitivo.

Deja un comentario

Tendencias