La salida de Liam Rosenior rumbo a Stamford Bridge reabre el debate entre los aficionados sobre el papel del club alsaciano dentro del modelo BlueCo

Un aficionado del RC Strasbourg, de espaldas, gritando en contra de la propiedad BlueCo; foto: BBC.
Un aficionado del RC Strasbourg, de espaldas, gritando en contra de la propiedad BlueCo; foto: BBC.

Estrasburgo, Francia – Durante meses, la mayoría de los aficionados del Estrasburgo creyó que el acuerdo con BlueCo, el consorcio propietario también del Chelsea, era un negocio redondo. Inversión récord, un equipo competitivo en la Ligue 1, liderazgo en la fase regular de la Conference League y una profunda remodelación del estadio de la Meinau, cifrada en 157 millones de libras, parecían justificar la pérdida parcial de autonomía dentro de una estructura de multipropiedad. Hoy, esa percepción empieza a resquebrajarse.

El detonante ha sido la salida de Liam Rosenior, arquitecto del fútbol ofensivo y del salto competitivo del equipo, para hacerse cargo del Chelsea en plena temporada. Un movimiento que ha hecho tangible para muchos seguidores el verdadero coste del modelo: Estrasburgo no manda sobre su propio proyecto deportivo cuando entra en conflicto con los intereses del club “principal”.

Los números explican por qué, hasta ahora, la relación se había tolerado. Antes de la llegada de BlueCo en 2023, el Estrasburgo apenas invertía entre 4 y 10 millones de libras por temporada en fichajes. Desde entonces, el gasto se ha disparado: más de 200 millones en tres cursos, convirtiéndose incluso en el club que más gastó en Francia el pasado verano, por encima del PSG. Ese músculo financiero permitió construir una plantilla joven, ambiciosa y atractiva, con un estilo que enganchó a la grada.

Pero la marcha de Rosenior ha cambiado el clima. Para Cyril Olives-Berthet, periodista de L’Équipe en Estrasburgo, BlueCo “se ha pegado un tiro en el pie”. El impacto no es solo deportivo, sino emocional. Parte de la afición siente que el club ha quedado reducido a un escalón intermedio dentro del ecosistema Chelsea, una sensación reforzada por el inminente traspaso del capitán y goleador Emmanuel Emegha a Londres al final de la temporada.

Los ultras, críticos desde el primer día con la multipropiedad —guardan silencio los primeros 15 minutos de cada partido—, consideran la salida del técnico inglés como la confirmación de sus temores. “No es ambición, es otra cosa. Dejar al equipo a mitad de temporada no es normal”, señalan desde la federación de aficionados, que describe al club como un “Chelsea B”. Incluso el presidente Marc Keller, figura clave en la reconstrucción del Estrasburgo desde la quinta división hasta la élite, ha admitido la decepción, aunque insiste en que la salida no fue ni deseada ni planificada.

Desde el punto de vista económico, BlueCo defiende su modelo como una estrategia de creación y valorización de activos, algo que el experto financiero Kieran Maguire define más cercano a un fondo de inversión que a un proyecto futbolístico clásico. Estrasburgo se beneficia de cesiones, talento joven y plusvalías, pero asume el riesgo de convertirse en un club satélite, con decisiones clave condicionadas desde fuera.

El relevo de Rosenior por Gary O’Neil no ha calmado las aguas. La desconfianza persiste y la pregunta ya no es si el acuerdo ha sido rentable, sino hasta qué punto el éxito justifica perder el control del propio destino. En Estrasburgo, por primera vez desde la llegada de BlueCo, esa duda empieza a pesar más que los resultados.

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