La llegada del técnico uruguayo desde el Valladolid expone el peso de las alianzas empresariales y la multipropiedad en el fútbol actual

Oviedo, Asturias – El mercado de entrenadores ha dejado esta semana una de las operaciones más llamativas de los últimos años. Guillermo Almada ha pasado del Real Valladolid al Real Oviedo en un movimiento que va mucho más allá de un simple relevo en el banquillo y que refleja con claridad cómo los intereses empresariales pueden imponerse a la lógica deportiva.
No se trata de una destitución clásica por malos resultados ni de una oportunidad inesperada para el técnico. Lo sucedido responde a una decisión estratégica tomada desde los despachos, donde la urgencia del Oviedo por salvarse en Primera División ha pesado más que la estabilidad de un proyecto en Segunda que aspiraba al ascenso.
La llegada de Almada al conjunto asturiano evidencia la fuerza de las conexiones entre grupos propietarios y aliados estratégicos. El Real Oviedo pertenece al Grupo Pachuca, el gigante mexicano presidido por Jesús Martínez, para el que Almada es un entrenador de plena confianza tras sus éxitos en la liga mexicana con los Tuzos. Ante la delicada situación del equipo en LaLiga, la propiedad ha recurrido a su activo más fiable, aunque este estuviera comprometido con otro club.
La clave del movimiento no está solo en el salto de categoría, sino en el contexto empresarial. El Real Valladolid no pertenece al Grupo Pachuca, sino a Ignite Sports, encabezado por Gabriel Solares, pero la sintonía entre ambas entidades es total. Funcionan como socios estratégicos, compartiendo visión de mercado y facilitando operaciones que, en otro contexto, habrían sido mucho más complejas. Esa cercanía ha permitido desbloquear la salida de Almada con una fluidez que difícilmente se explica desde una negociación tradicional.
Desde la óptica del Grupo Pachuca, la jugada es clara y eficaz: colocar a su entrenador de confianza en el escaparate de Primera División para intentar asegurar la permanencia del Oviedo. Desde la perspectiva del Valladolid, en cambio, la operación deja un sabor amargo. El club pierde a su líder en pleno mes de diciembre, con el objetivo del ascenso intacto y la obligación de reconstruir su proyecto técnico a contrarreloj.
El caso subraya una realidad cada vez más evidente en el fútbol moderno: las decisiones se toman lejos del césped y de las ciudades que representan los clubes. La planificación deportiva diseñada en verano puede quedar en segundo plano si una necesidad mayor surge en otro punto del entramado empresarial. El Valladolid asume el golpe para que el Oviedo tenga una solución inmediata en la élite.
Para el conjunto asturiano, la apuesta también es arriesgada. Almada se convierte en el tercer entrenador del Oviedo en apenas cinco meses, un dato que refleja la inestabilidad propia de la lucha por la permanencia. La propiedad confía en que el conocimiento previo del técnico acelere su adaptación y tenga un impacto inmediato en el Carlos Tartiere.
Este tipo de movimientos es habitual en estructuras de multipropiedad consolidadas, como el City Football Group, pero resulta especialmente significativo que se produzca entre clubes con propietarios distintos, aunque alineados en intereses y estrategia. El precedente queda marcado: las jerarquías empresariales y las urgencias de la Primera División pesan más que cualquier contrato firmado en Segunda. Ahora, el veredicto final lo dictará el césped. Si el Oviedo se salva, la operación será validada por los resultados; si no, el debate sobre los límites entre negocio y deporte volverá a estar más vivo que nunca.





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